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Consuelo en la preocupación

En medio de mis angustias y grandes preocupaciones, tú me diste consuelo y alegría”. Salmo 94:19 (TLA)

Todo el que me conoce sabe lo mucho que me preocupa todo. Soy una persona que cualquier cosa que la saca de su zona de confort, todo trámite, viaje, curso o reunión es motivo de grandes sobresaltos y de planes complejos e innecesarios. Por eso es que amo la rutina y me siento como pez en el agua cuando todo es predecible y está dentro de mi control. ¿Neurótica? Sí, un poco. ¡Un poco bastante, en realidad!

En estos días fui invitada a participar en un curso fuera del país sobre traducción bíblica a Lengua de Señas. En vez de sentirme feliz y honrada, mi primer impulso fue “no tengo mi pasaporte al día. ¿Cómo voy a salir del país?” La persona que me extendió la invitación me dijo despreocupado que aún quedaban dos meses para ese curso, y que tendría tiempo de sobra de tener toda mi documentación a punto. “Nooooo”, le contesté. “Venezuela no es un país normal”, lo que es muy cierto. Pero, como siempre, la angustia hizo presa de mí.

Cuando algo me preocupa me obsesiono con el tema. Puedo pasar días hablando del pasaporte que no tengo, de la maleta que debo preparar, del fastidio de tener que ir a Caracas, del dólar que se disparó, de la filosofía que no logro entender, de mis alumnos de Escuela Dominical, del blog que tengo abandonado, del techo que gotea, de los traductores indígenas a mi cargo, de la traducción al inglés que debo terminar, de mis hijos que no me llaman, de las gatas de casa que se pelean a cada rato… Si te cansaste leyendo esta lista, imagínate cómo se pone mi esposo escuchando la cantaleta del día. ¡Me ha amenazado varias veces con el divorcio!

¿Por qué me preocupo? ¿Qué gano con ello? Y, sobre todo, ¿por qué no pongo esas preocupaciones en manos de Dios? ¿De qué me vale leer la Biblia si no hallo en ella el consuelo que necesito? Son éstas excelentes preguntas de las que no tengo respuestas. El día a día me arropa con sus afanes. En un país como en el que vivimos es muy fácil perder el control de las cosas, porque aquí la improvisación reina sin pudor. Sin embargo, no puedo achacar mis preocupaciones a lo que me rodea. Yo debo encontrar la manera de sobreponerme a los afanes cotidianos sin perder la paz. Al menos esa es mi oración diaria.

Resulta que un día estoy revisando mi celular y me encuentro con una notificación de YouVersion. Era el versículo del día: “En medio de mis angustias y grandes preocupaciones, tú me diste consuelo y alegría”. ¡Por Dios! ¿Será que el Señor está contestando mis oraciones? Lo leí de nuevo: “En medio de mis angustias y grandes preocupaciones, tú me diste consuelo y alegría”. Y me quedé pensando, “¿consuelo y alegría en medio de la preocupación? ¡Yo quiero eso!”.

Pero resulta, también, que el versículo está expresado en pasado. El salmista está recordando cómo Dios lo ha consolado y alegrado en medio de verdaderos momentos de angustia, no sólo en las preocupaciones cotidianas, bobas, a las que yo me enfrento. Y pensé… “¡Dios ha estado siempre en mis momentos de preocupación, y sobre todo en los de verdadera angustia! Y comencé a hacer memoria.

Dios me ha consolado cuando mis familiares y amigos han tenido que partir. La pandemia se llevó a tres de mis queridos primos, su pérdida fue dura, triste, pero el Señor nos dio fuerza en medio de la angustia y el dolor. Dios también consoló nuestros corazones cuando nuestros hijos emigraron, y me dio la alegría de visitarlos el año pasado. El Señor nos ha sostenido con amor en medio de las muchas crisis económicas de este país, permitiendo que nunca nos falte nada. Dios ha escuchado mis oraciones cuando la enfermedad golpea a familiares, amigos y hermanos, dándoles salud y más vida. El Señor siempre ha estado allí, dándome consuelo y alegría, siendo fiel a lo que dice Su Palabra.

¿Por qué nos cuesta tanto confiar en ese Dios que ha probado ser fiel una y otra vez? No, no estoy predicando… Esto es algo que necesito aprender, por eso esta reflexión. Cuando todo está bien y bajo control no pensamos en Dios, ¿para qué, si nada nos aqueja? Pero cuando la cosa se pone difícil también se nos olvida cómo Dios ha salido al ruedo para consolar nuestras almas y reemplazar nuestra angustia por alegría y gozo.

Cuando yo era una niña y me sentía preocupada por algo, mi tía Dilia me preguntaba: “¿Se murió Dios y nadie me avisó?” A lo que yo contestaba: “No, tía. Dios no ha muerto”. Entonces Dilia remataba diciendo: “Ahhh, pues yo pensé que había muerto, como te veo tan desesperada…” Esas conversaciones siempre me hacían reír y bajaban mi preocupación. Si Dios aún está conmigo, ¿por qué la angustia?

Lo mejor de todo es que, a pesar de mi preocupación, siempre logro tramitar el pasaporte, terminar de empacar la maleta, viajar a Caracas sin inconvenientes, sobreponerme a la inflación, reflexionar y entender la filosofía, mantener una buena relación con mis alumnos, escribir en el blog, reparar el techo, atender a mis traductores, entregar mi trabajo a tiempo, hablar con mis hijos y conciliar a mis gatas en paz.

Para Dios no hay preocupación cotidiana o angustia de alma que Él no pueda atender con Su consuelo y amor. Porque es que Dios siempre cuida de mí, así yo no me acuerde de Él, sobre todo cuando mis angustias me superan y toman lo mejor de mí. Mi Señor siempre está allí, lo que aún debo aprender es a confiar en Él a la primera, que no cuando Él me hace ver Su presencia. Esa es una tarea pendiente. Ya te contaré cuando la supere.

Y tú, ¿piensas en Dios en medio de las preocupaciones cotidianas y aquellas angustias que a menudo aquejan el alma?

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

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