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Lectura Bíblica

Lamentaciones: ¡Pobrecita de ti, Jerusalén!

Incomparable eres tú, Jerusalén; ¿qué más te puedo decir? ¿Qué puedo hacer para consolarte, bella ciudad de Jerusalén? Tus heridas son muy profundas; ¿quién podrá sanarlas? Lamentaciones 2:13

Estamos en una sociedad donde mostrar debilidad y dolor no está bien visto. Se nos ha enseñado a ser fuertes, a guapear valientemente y a no llorar, ¡y mucho menos en público! Esta actitud macha, dura, hizo estragos en el príncipe Harry, hijo de la princesa Diana, aquella que murió trágicamente cuando éste tenía sólo 12 años. Sus confesiones en televisión nacional han conmocionado a todos. Harry asegura que las tragedias de su vida las ha guardado celosamente y con gracia, como lo hizo en aquella famosa caminata tras el féretro de su madre. Pedir esa entereza a un jovencito indefenso es un verdadero crimen.

Lamentaciones es un libro que nos enseña justamente lo contrario. El llanto y el lamento tienen su lugar y su momento, sobre todo cuando la tragedia golpea la vida nacional. “Las emociones son para ser usadas cuando las condiciones las ameritan”, parece decir su autor, el profeta Jeremías. Y las condiciones son desesperadas: Jerusalén está destruida y desolada, justamente por la invasión de los caldeos. Y claro que esa destrucción es producto del pecado del pueblo, pero ese hecho no minimiza el dolor. Muy por el contrario, el pecado hace el dolor más punzante e insoportable.

Jerusalén vivió su gran esplendor durante el reinado de David, de hecho, la ciudad llegó a ser llamada la “Ciudad de David”. Salomón perpetuó su brillo y construyó en su seno el gran templo del Señor, y la reina de Saba se vio obligada a visitar Jerusalén para corroborar todo lo que decían de la ciudad capital de los israelitas y de su legendario y sabio rey. Fueron tiempos maravillosos, de orgullo y unión nacional sin precedentes. Sin embargo, esta época duraría muy poco y la ciudad caería varias veces en manos de sus enemigos, como consecuencia del pecado de sus habitantes.

El libro está compuesto en tono lírico, pues es un poema que recoge cinco endechas o lamentos: Una individual, una colectiva, y tres fúnebres. Parte del poema corresponde a un acróstico que verticalmente se puede leer: “¡Pobrecita de ti, Jerusalén!”. Literariamente hablando, Lamentaciones es una composición magistral, con un gran contenido emotivo y retórico. El poema ve a Jerusalén como una princesa abandonada y desolada. Como consecuencia de su pecado, sus habitantes sufren hambre y los muertos cubren sus calles. En medio de este caos, el profeta ruega por la misericordia del Señor, mientras rememora tristemente las glorias pasadas de Jerusalén. Como último lamento, Jeremías lanza un grito de dolor, pidiendo por la asistencia misericordiosa del Señor.

Sí, ciertamente hay que llorar cuando las circunstancias apremien y lo ameriten. Porque es que, si bien la tristeza que nos embarga es producto del pecado, el dolor se vive punzante y el sufrimiento no se amilana ante la certeza de la equivocación y el extravío. Nadie soporta las consecuencias de un corazón duro de manera estoica, no conozco a nadie que no se doble penosamente ante la vergüenza de su pérdida y el recuerdo de lo que un día fue y ya no es. La Biblia no se equivoca, verdaderamente la paga del pecado sí es la muerte y la desolación.

Y, como siempre, el profeta lleva la peor parte. Jeremías se desgarra ante la desolación y destrucción que lo rodea. Porque es que nadie mejor que él para saber que, si hubiesen conservado el camino recto y el corazón sensible, los habitantes de Jerusalén no habrían tenido que vivir tanto dolor. ¿Acaso él no se los advirtió? ¿Acaso no sintieron la voz de Dios en la urgencia del mensaje al arrepentimiento? Ser profeta en los tiempos adversos del Antiguo Testamento es tarea dura, muy dura. Ellos sufrían en carne propia los embates del pecado, sin pecar. ¿No son ellos acaso la viva imagen de Aquel que habría de morir por todos nosotros?

El pueblo de Israel ha vivido momentos sumamente duros a lo largo de su muy acontecida historia. La ciudad de Jerusalén ha sido el epicentro de infinidad de conflictos y tomas de poder. Recientemente, los misiles pretenden caer inmisericordes en sus antiguas y sufridas calles. Pero la ciudad permanece incólume, ajena al odio y a la destrucción que se cierne sobre su cabeza. Dios es su protector, su mejor defensa, Él es el gran Dios de los ejércitos. Jerusalén no sucumbe tan fácilmente.

Pero no todo es lamento aquí. Como todo libro profético, la esperanza y la misericordia se asoman para suerte de los habitantes de la ciudad. Es que, ¡las misericordias de Dios son nuevas cada mañana! Eso es como las grandes cadenas de supermercados. Si llegas bien temprano, justo en el momento en que se abren las puertas al público, puedes ver a los empleados llenando los anaqueles con nueva mercancía, supliendo los productos faltantes, reacomodando los víveres, preparando todo para un nuevo día de compra. Yo me imagino a Dios en esa misma labor… llenando las despensas de Su gran misericordia, poniéndola al alcance de aquel que ruegue por ella.

El llamado de Jeremías en Lamentaciones es a llorar a moco suelto, sin vergüenza, sin freno. Porque, cuando el pecado hace estragos, es el momento de pedir auxilio a Dios y apelar por Su misericordia infinita. ¿Alguna vez te has visto en una situación así?

Nunca es tarde para llorar y pedir misericordia.

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

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