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Una nutritiva sobremesa

Nunca debe hacerse nada de lo que no se pueda hablar en la sobremesa”. Oscar Wilde

Trabajar en traducción te sensibiliza en cuanto al lenguaje, al léxico y sus equivalentes en los diferentes idiomas. Un traductor está en una búsqueda perenne de palabras y conceptos que puedan expresarse de manera aproximada en otras lenguas y culturas. Y entonces, en el proceso, te das cuenta que hay palabras cargadas de significado local que no encuentran un equivalente en otros idiomas, la mayoría de las veces porque esas palabras no tienen un valor cultural en otras latitudes. Pues, ese es el caso de la palabra “sobremesa”. Esta palabra es casi imposible de traducir. De hecho, la cita de Oscar Wilde al principio de este escrito habla de “cena” en su original en inglés. ¿Por qué? Pues porque en ese idioma no existe la palabra “sobremesa”.

La sobremesa es uno de los placeres más complacientes y deliciosos que hemos recibido de los ¿malvados? conquistadores españoles. Es una costumbre que se cultiva en los lugares con herencia hispana, que se circunscribe celosamente en la mesa de nuestros abuelos, nuestros padres, y que nuestros hijos han llegado a apreciar con el mismo gusto. En casa no hay comida que se comparta sin sobremesa, no hay familia que no se quede ociosamente a conversar, a reír, a discutir de lo santo y lo profano, con el plus café, la tortica, o nada en absoluto. Porque lo único que se necesita para activar la sobremesa con propiedad son dos o más personas con deseos de compartir la vida.

En casa de mi madre se armaban las comilonas familiares cada domingo. Era una cita obligada e imperdible, que nos permitía encontrarnos con todos, adultos, jóvenes y niños, en torno a la mesa materna. Mamá cocinaba platillos especiales que apelaban no solo a nuestro paladar sino a nuestra historia familiar, en un festín de sabores inigualable. A esa cita acudíamos todos, los que vivíamos en Valencia y los que estaban en Caracas, así de importante era esa reunión dominical. Y en torno a esa mesa se conversaba con placer descuidado, se peleaba con pasión y furia, se reconciliaban todos con premura y gozo, se discutía con calor, sobre todo, el clima, la política, la escuela, el trabajo, la última película de moda, de todo y de nada. Ah, y se cantaba a voz en cuello la canción que estuviera sonando, porque siempre había música en esos encuentros.

Es que así son las sobremesas, no tienen límites, no imponen nada a nadie. La sobremesa se instala allí para ser disfrutada, para ser saboreada con la misma fruición con que se saborea la comida, y con la misma hambre también. Compartir los alimentos es un ritual que apela a nuestra necesidad de comunicarnos, de hacer juntos aquello que nos hace humanos y que nos une en la misma necesidad, la de nutrirnos diariamente. Pero, los alimentos no es lo único necesario, lo único que nos nutre. La familia, el “pásame la salsa”, el “te comiste todas las tajadas”, la conversa, eso es lo que hace de toda la ceremonia un verdadero placer.

En la Biblia se relatan muchos episodios donde la comida es central. Los banquetes son el día a día de muchos reyes y sus funcionarios. Estos eran festines que podían durar días, semanas o hasta meses. En el libro de Ester se relata un banquete infame para la reina Vasti, donde ella fue llamada a comparecer en detrimento de su dignidad. Es que estas comelonas eran ocasiones perfectas para ostentar el poder ante todos.

David era un habitual de la mesa del rey Saúl, donde también comía Jonatán, su mejor y más fiel amigo. Las sobremesas de Saúl podían ser muy peligrosas porque allí era donde se intentaban ejecutar las intrigas que se urdían en la corte. Muchas veces Jonatán excusó la ausencia de David en la mesa, porque sabía lo que su padre tenía en mente, ¡nada más y nada menos que eliminar a su amigo!

Años después, cuando David llegó a establecer su casa real, un hijo de Jonatán compartió la mesa del rey hasta su muerte, como testimonio del amor y la amistad entre esos dos amigos entrañables. Mefiboset debió haber disfrutado de placenteras sobremesas en compañía del rey, un honor reservado a unos pocos elegidos.

El Salmo 23, uno de los más conocidos y hermosos salmos de David, dice que el Señor prepara un banquete en presencia de los enemigos. Seguramente el afinado poeta recordó las muchas veces que corrió peligro en la mesa de Saúl, y reflexionó en torno al cuidado y provisión de Dios en su vida, en una mesa, y en un banquete donde la presencia del Señor elimina todo temor.

Jesús compartió muchas comidas y banquetes en su tiempo. Eso es algo que muchos religiosos le reclamaron. El Señor nunca tuvo reservas para comer con quien lo invitara, en la mesa de gente encumbrada, o de buenos amigos, de enemigos, y gente común. En esas comidas era mucha la gente que se acercaba a ver comer a los invitados, y escuchar las conversaciones, las sobremesas, pues. La costumbre era celebrar estos banquetes en lugares de fácil acceso al público en general, donde los no invitados se sentaban en el piso y recogían uno que otro pan, tirado al descuido por los comensales. Es que el pan era la servilleta de muchos ricos de esa época. Estos episodios bíblicos son una ventana cultural de lo más peculiar e interesante.

Hoy en día, mi esposo y yo vivimos la etapa del nido vacío. La única comida que compartimos es la cena, temprana y frugal. Pero, no importa, igual la conversación se activa, hablamos del día y sus retos, de la familia, del negocio y de las noticias actuales, de cualquier cosa, pues. Siempre tardamos más en la conversa que en la cena en sí. Los domingos sí compartimos el almuerzo, tarde y tranquilo. Nos gusta así, porque las actividades dominicales son pocas y descansadas. Es que, ya lo dije, la sobremesa no exige un familión, sólo pide al menos dos personas que quieran comer juntas y hablar, con pan y vino, o arepa y refresco, es igual. Porque lo verdaderamente importante está en la relación, como siempre. Por algo Dios nos hizo así.

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

4 respuestas a «Una nutritiva sobremesa»

Ahhhh que bueno es la sobremesa. Pero también que bueno es un tiempo de te. Espero con ansias disfrutar de esos tiempos con nuestro Señor, de seguro no faltará el te o café de rigor jejeje

Que puedo decirte, mi hermana??? Tus escritos tocan mi alma!…a veces tocan ni raciocinio. Hoy tocaron mi corazón. Sí, porque los que vivimos en esta patria pletorica de nidos vacios; de familias desmembradas; de desasosiego existencial (a veces nos ataca éste), añoramos una mesa dominical donde la sobremesa sea la sustancia, la esencia de la reunión…. Dios te bendiga, Francis.. gracias por los jueves….y por los martes también!

Guao, que deleite es recordar hermosos tiempos que sabemos no volverán, porque la nueva generación vive el momento y ya, yo pude vivir eso en mi familia, cuando mamá estaba entre nosotros, una vez que cada quien fue haciendo su propio hogar, la casa materna era nuestra parada principal en donde teníamos tiempos de compartir en familia,

pues lo planificabamos para que esa bella comunión no se enfriara y porque era
una delicia esperar que llegara ese momento en donde todos estábamos y disfrutábamos y de vez en cuando como tú dices, nos poníamos eufóricos, discutíamos pero luego pasaba. Hoy por hoy todo quedó en el recuerdo, porque algo inesperado se encargó de alejar a la familia de estos gratos momentos. » El Covid.» 🤔. Esperamos que esa visita no grata desaparezca pronto, por la misericordia de quien solamente lo hacer » Dios». El Señor te bendiga Helenita me encanto tu blog de hoy, excelente porque me transportó a gratos recuerdo que se mantienen vivos en mi ser. Besitos tqm 😘😍😍

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