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Resurrección solemne y gloriosa

Venció la muerte con poder, y al cielo se exaltó. Confiar en Él es mi placer, morir no temo yo”. (Himno “En la Cruz”).

Era muy temprano, de madrugada en realidad, y hacía mucho frío. Papá caminaba muy rápido, y por cada uno de sus pasos a mí me tocaba correr y saltar para alcanzarlo. Pero yo no estaba cansada por el esfuerzo, ni sentía el frío clima caraqueño. Aferrada a la mano de mi padre nada podía pasarme. Caminamos unas cuantas cuadras por la vieja Caracas, papá con su traje y corbata, muy elegante y guapo, yo con un hermoso vestido rosado, con bordado panal de abejas y amplia falda tipo campana. Nos detuvimos finalmente en un imponente edificio, que muy a pesar de la hora ya estaba a reventar. Era una iglesia muy conocida, la Iglesia Evangélica El Redentor, en La Concordia. Yo tendría quizás unos 8 años.

Esa iglesia era muy famosa por su servicio de Resurrección. Cada Semana Santa la gente se agolpaba desde muy temprano para presenciar una solemne y gozosa celebración de la vida de nuestro Señor Jesús, con su hermoso órgano acompañando la música. Muchos cantos, lecturas bíblicas alusivas, un coro armonioso y numeroso, el pastor preparado con una predicación de victoria, y los feligreses vestidos apropiadamente para la ocasión. Era un servicio dominical imperdible. Y no es para menos… Jesucristo está vivo, y viene pronto. ¡Maranatha!

Desde ese entonces, los servicios de Resurrección son mis preferidos. Son un testimonio perfecto del gozo que siente la iglesia cristiana porque Su Señor venció la muerte, ¡y vive, sí, vive! Esos cultos solían comenzar un poco antes de las 6:00 am, porque muy temprano, hace dos milenios, las mujeres del círculo de Jesús fueron a la tumba a perfumarlo y drenar un poco su dolor… y la encontraron vacía. ¡No está aquí, pues ha resucitado, como dijo!

Siempre lloro mucho durante esas celebraciones, porque es difícil evocar todo lo que el Señor tuvo que pasar para salvarnos. Una vez Juan Carlos me consoló, mientras yo lloraba, como si la noticia de la resurrección de Jesús era una primicia para mí en ese momento. Cada canto narra algún episodio de la pasión de Cristo, hasta llegar a los himnos de victoria que exaltan el cumplimiento de lo que Él había prometido. Jesús se los dijo, “no estén tristes”, les pidió. Pero es que creer que Él se levantaría de los muertos es algo que no se asimila, así como así.

No sólo los cantos preparaban el ambiente. Generalmente se presentaban dramas representando el momento en que Jesús aparecía a sus discípulos, en el camino a Emaús, o a la orilla de la playa, o mostraban una tumba vacía, con soldados romanos perplejos y desapercibidos. Esos servicios de Resurrección eran perfectos para evocar la fidelidad, el amor y la misericordia de Dios para con la humanidad. Todavía asisto a ese tipo de cultos y paso el resto del día pensando en todo lo que Jesús hizo por mí.

Usualmente, toda la ceremonia terminaba con la administración de la Santa Cena, solemne, sentida. El pan y el vino se consumen en medio de himnos y oraciones. Se recuerda Su sacrificio y Su vida. Posteriormente, todos los asistentes se abrazan, diciendo, “Maranatha, Cristo viene pronto”. Era un acto muy emotivo y significativo. Yo lo vivía al máximo.

Luego, lo más sabroso de todo. Mi iglesia solía servir un desayuno criollo, ya que el servicio terminaba a las 8:00 am. Todos mis amigos nos sentábamos juntos para compartir y reír… Era un gran compañerismo. En Caracas, papá solía llevarnos a rematar el desayuno con churros y chocolate, porque para él eso de comer una arepa con perico no era muy atractivo. A mí me encantaba el chocolate caliente, y ver a papá disfrutar de sus churros, como un niño. El Servicio de Resurrección no podía ser más perfecto.

A veces me gusta trasladarme en mi imaginación a esa fría madrugada en la que unas mujeres asustadas y llorosas se percataron que Su Señor no se encontraba en la tumba. En su lugar, se encontraron con un ángel que las puso al día en cuanto a los últimos aconteceres concernientes a la resurrección gloriosa de Jesús. “¿Cómo? ¿El Señor no está? ¿Dónde está entonces?” Debió ser sobrecogedor. Y seguramente recordaron las palabras del amado carpintero… “En tres días edificaré este templo”. “Así que era eso a lo que se refería”.

Hoy en día, los servicios de Resurrección ya no son iguales. Suelen hacerse un poco más tarde, a partir de las 8:00 am, por asuntos de transporte y seguridad. Tampoco se acostumbra hacer dramas alusivos a la celebración, ya nadie prepara nada con los niños. Los desayunos desaparecieron con el cambio de horario y la crisis. Sin embargo, esos cultos aún son muy sentidos, muy celebrados, muy gozosos. La música sigue siendo vital, la Santa Cena solemne. La predicación llena de júbilo. Y el saludo cariñoso de ¡Maranatha! sigue encendiendo los corazones con esperanza y expectativa. Al fin y al cabo, esto último es lo verdaderamente significativo.

Este año la pandemia no nos permitirá la celebración de Resurrección en comunidad. Aun así, conmemorar la muerte vicaria del Señor y gozar de las bondades de Su vida puede hacerse desde nuestras casas. Todo lo que se requiere es un corazón agradecido y lleno de esperanza.

¡El Señor se ha levantado de los muertos, el primero entre los que duermen! ¡Gloria a Él!

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

3 respuestas a «Resurrección solemne y gloriosa»

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