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Una aldea entera

Hace falta una aldea entera para criar un hijo”.

Este famoso proverbio africano es de lo más acertado, como todo lo que viene de la sabiduría popular. Se requiere del concurso de mucha gente confiable, buena y comprometida, para llevar la crianza de un hijo a buen término. Aún recuerdo las clases de Formación Cívica de 1er año… “La familia es la base de la sociedad”, repetía el profesor tediosamente, mientras yo trataba de digerir el concepto, sin éxito, la verdad. Pasaron muchos años para que yo pudiera comprender el asunto en toda su dimensión… Es tan importante la cosa que muchas leyes se amparan de este concepto básico para operar con fundamento en la sociedad. ¡Cómo me gustaría que mi profesor leyera esto!

Me cuenta mi hermana Rosa que en una ocasión su nieto Jung Javier estaba estudiando justamente eso, la familia como la base de la sociedad y entonces, ante el concepto de la familia como círculo de seguridad para los hijos, el chico preguntó a su padre: “Papá, ¿formas tú parte de mi círculo de seguridad? Claro que sí, hijo”, respondió el hombre. “Yo soy parte importante de ese círculo”. Lo que Jung aprendió ese día es que la familia provee a los hijos un lugar seguro para crecer y desarrollarse, sustentado por personas que los aman y quieren lo mejor para ellos.

Cuando tuve a mis hijos, yo me hice de un círculo de seguridad que me ayudara en esa labor tan delicada de llevar a mis niños a ser los mejores seres humanos posibles. ¿Quiénes conformaban mi aldea de apoyo? Mi esposo (por supuesto), mis padres, mi tía Dilia, mis hermanos, Mami Luz y yo. Esta gente fue vital en la crianza de Roger Andrés y Juan Carlos. Siempre fueron mi punto de referencia, muchas veces fueron la columna vertebral de mis amenazas desesperadas, cuando no quería perder el control de mis hijos. Otras tantas fueron mi hombro para descansar, y mi paño de lágrimas para descargar mi estrés e ignorancia.

Durante los años de formación de mis hijos, mis padres se convirtieron en mi mayor apoyo. Yo era una madre joven e inexperta, y ellos ya llevaban años en la labor paterna. Mi papá se volvió loco con estos nuevos nietos, y era una delicia verlo disfrutar de las travesuras de ese par de varoncitos tan tiernos… Papá nos visitaba casi todas las tardes, sólo para ver a sus nietos, y reír con ellos. Él llegaba con su gran camión, que fascinaba a Roger, y jugaban por un buen rato. Mamá era otro tipo de abuela… Sumamente solidaria y atenta a cualquier necesidad, ella estaba decidida a hacer de mis hijos unos niños perfectos. Cristina estaba pendiente del colegio, de las clases de inglés, de corregir cualquier desafuero, de asegurarse de que fueran a la iglesia, y de monitorear mi desempeño como madre. La verdad es que sin ella no habría podido lograr ni el 10% de nada con mis hijos. Mi papá se fue pronto de nuestras vidas, pero su cariño aún permanece. Aún cuento con mamá, aunque mis hijos ya tienen edad para hacerla bisabuela.

La tía Dilia prácticamente nos crio a mi hermano y a mí, y siempre conté con ella para la crianza de mis hijos. Con ella tuve las mejores conversaciones sobre qué hacer en los retos diarios como madre. Siempre cariñosa, siempre estricta, en combinación perfecta, mi tía Dilia fue un puntal en la educación básica de Roger y Juan. Cuando estudiaban en la escuela pública, justamente durante el paro petrolero, Dilia les dio tareas dirigidas, corrigió muchas fallas, afinó la lectura y la matemática, y les construyó un excelente hábito de estudio que los acompañó hasta el final de sus estudios universitarios. La tía Dilia partió con el Señor cuando mis hijos eran unos pre adolescentes, y su ausencia aún la sienten con pena.

Isidro, mi hermano, fue un apoyo incondicional. Él siempre fue el tío divertido y cool, el que siempre los llevaba a la playa, el de los mejores y más increíbles regalos de navidad, aquel que compartía con mis hijos sus gustos musicales y su pasión por la vida. Con Isidro y mamá fueron a Orlando, y esos muchachos le hicieron gastar dinero sin control… ¡Una locura! Rosa Mari, mi hermana, también fue muy importante. Mis hijos pasaron muchas vacaciones en su casa de playa en Machurucuto, y los recuerdos de esa época aún son los mejores. Con Rosa fueron al cine muchísimas veces, comiendo cotufas y chocolates con todos los primos… Son tiempos realmente inolvidables.

Mami Luz llegó a nuestro hogar cuando Roger Andrés tenía un año, y un poco antes de mi segundo embarazo. Ella fue nuestra niñera por 17 años, cuando mis hijos ya no requerían de sus cuidados. Es increíble lo mucho que ella contribuyó en la crianza de esos niños que ella cuidó como propios. Ella lo hizo con una propiedad y un sentido de responsabilidad que muchas veces superó mi propio compromiso como madre. Yo descansaba plenamente en ella, y eso hizo que llegara a formar parte integral de nuestra familia. Hasta el día de hoy, ella es la madre de mis hijos, en una relación funcional que agradezco profundamente. Los amó y los corrigió con firmeza y respeto, y nosotros la amamos a ella y a su hijo con la misma devoción.

Roger, mi esposo siempre ha sido un padre dulce y consentidor… Nunca, nunca alzó su mano para corregir físicamente a nuestros hijos, y siempre ha estado allí para ellos. Hoy en día es el apoyo incondicional de esos muchachos, y los tres gozan de una camaradería envidiable. Yo siempre sentí que llevaba la carga más pesada en la crianza de mis hijos, porque culturalmente la mujer siempre es la referencia familiar por excelencia, para todo. Pero, echando mi mirada hacia atrás, levantar a mis hijos para que fueran hombres de bien ahora lo siento como un privilegio.

En la Biblia, las familias eran un muy extenso círculo de seguridad… Una familia promedio podía tener de 50 a 70 miembros, contando mujeres, hombres, hijos, abuelos, primos, sirvientes y animales. Era un gran contingente de personas que vivían y trabajaban en conjunto, en un sistema de apoyo como ya no se ve por estos tiempos. Los hijos eran parte integral de todos, donde todos metían la mano y contribuían al bien común. Con seguridad, Jesús creció en un ambiente familiar así. Por el texto bíblico sabemos que María disfrutaba de la compañía de sus hijos, como en la boda de Caná y cuando seguía a Jesús, preocupada por su seguridad e integridad física.

¡Cómo extraño esos tiempos, cuando mis hijos eran solo unos niños, y todos los rodeábamos con amor y cuidado! Mi esposo y yo hemos sido muy afortunados al contar con el apoyo y la asistencia de esa “aldea”, de ese círculo de seguridad tan nutritivo. Ellos fueron un maravilloso balance en nuestra labor como padres. Estar más agradecida a ellos, y a Dios, es sencillamente imposible.

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

6 respuestas a «Una aldea entera»

Muy bueno pero triste a la vez, si observamos el gran deterioro de la familia, unos se lo achacan al padre otros a la madre, otros al medio dónde se desenvuelve la familia y pare de contar; lo único que se me ocurre pensar es en nuestro Padre Celestial en el cuál no hay caída.
Un abrazo pequeña.

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