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Yo me alegré…

A los 8 años pisé una iglesia por primera vez. Recuerdo que me pareció tan grande e imponente… Era la iglesia evangélica más importante de la ciudad capital, en el corazón de una de las parroquias más emblemáticas de Caracas. Había sido construida por la Junta Misionera Americana, por allá, a finales de los años ´50, creo. Para una niña pequeña, ese templo era maravilloso, lleno de recovecos y misterios. Allí, creí en el Señor como mi Salvador, pero en realidad eso no era lo más importante. Lo que a mí me cautivaba de asistir a una iglesia era ser parte de una comunidad nutritiva, perfecta para crecer bajo su sombra y cuidado.

Yo nunca logré ser popular en el colegio. Es que la verdad yo siempre he sido un bicho raro, y ese tipo de personas nunca son una sensación social. Pero, yo sí era popular en mi iglesia. Todos me querían, me cuidaban, me escuchaban, me creían muy inteligente, y eso es irresistible para cualquiera. Me encantaba asistir a cada actividad, a las clases bíblicas, y hasta a las reuniones administrativas. ¡Esa iglesia llegó a ser el centro de mi vida! Aún recuerdo sus muchos salones y recursos, aún cierro mis ojos y me veo allí, en un servicio dominical, en clase, comprando chocolates en el kiosco de la esquina con mis amigos, y comiendo churros a sólo una cuadra del templo. Todavía recuerdo a mis maestras de la Escuela Dominical y la de la Escuela Bíblica de Vacaciones. La primera vez que escuché sobre la Biblia como un libro maravilloso fue allí, en la iglesia de mi niñez.

A esa iglesia he regresado varias veces, ya como adulta, y sigue igualita, grande, imponente e importante… He recorrido sus pasillos, su hermoso santuario y me he trasladado a esa época hermosa, la de una niña que se volvía loca por estar allí, bajo el cobijo de sus muchas áreas, del olor penetrante de sus bancas, y la dulce compañía y el atento cuidado de cada uno de sus miembros, y de su pastor, quien siempre me trató como la persona más importante, aunque él tuviera que agacharse para poder mirarme a los ojos.

Pero todo lo bueno acaba… Mi familia se mudó a Valencia y los días en mi amada iglesia caraqueña terminaron abruptamente. Atrás quedaron mis amigos, mis maestras, mi pastor, y todo lo que yo consideraba único y especial. ¿Quién podría saber lo que me depararía otra iglesia? Mamá me prometió un templo igual de hermoso, con amigos y maestros igual de amorosos… La incredulidad llenaba cada resquicio de mi ser. “Mmmmm, vamos a ver si es verdad…”

A mis 13 años nos mudamos a Valencia y comenzamos a asistir a otra iglesia. Y sí, mamá tenía razón, este templo era igual de hermoso que el de Caracas, aunque más pequeño. Ese lugar también fue construido por la Junta Misionera Americana, y cuenta con grandes espacios y un solemne santuario, donde muchas personas celebran sus bodas, pues es el templo más hermoso y espacioso de la ciudad. Mi madre aún asiste a esa iglesia, y cada vez que voy para allá, tengo gratos recuerdos de mi pasar por allí…

En esa iglesia pasé mis raros años de adolescencia, allí me hice de un nutrido grupo de amigos con los que aún tengo contacto, aunque muy esporádico. Teníamos un grupo de jovencitos llamado “Juveniles” que era sencillamente maravilloso. Nuestra consejera era una chica de 18 años, no muy alejada de nuestra edad, pues nosotros teníamos entre 12 a 15 años. Ella no era una líder común, ella era amiga, hermana. Pero cuando tenía que regañar lo hacía con autoridad bien ganada, y con un cariño muy genuino y sentido. Ese grupo juvenil fue vital para mi crecimiento, y creo que lo fue para todos por igual.

En esta segunda iglesia crecí, y llegué a ser parte integral de ella. Fue en esa iglesia donde realmente entendí lo que era ser cristiana. Allí también me enamoré, me casé y tuve a mis hijos. Allí fui entrenada para ser maestra de Escuela Bíblica Dominical, labor que he hecho desde mis 23 años. Y es allí también donde conservo grandes amigos, como su pastor actual, y muchos de sus miembros. Yo creo, realmente, que esa iglesia nunca ha dejado de ser parte de mí, muy a pesar de los años que tengo fuera de ella. Es que, no es solamente los 25 años de vida que viví allí, sino los años que mis hijos estuvieron, aún sin sus padres. Son muchos recuerdos que no se pueden borrar de un plumazo.

El tiempo pasa, la vida cambia, y con ella cambian nuestras perspectivas también. Algunas circunstancias personales nos llevaron a mi esposo y a mí a salir de nuestra iglesia de siempre, donde nos conocimos, a otro lugar, donde pudiéramos comenzar de nuevo, con votos espirituales renovados, con deseos de desarrollarnos en una nueva iglesia… ¡Ya era tiempo!

No, no nos mudamos de ciudad, pero sí de iglesia. Mi esposo renovó su compromiso con Dios, pero quería romper con lo ya conocido y probar en otra congregación. Fue así como llegamos a nuestra iglesia actual, que es hija de la iglesia a la que pertenecí por 25 años. No fue difícil aclimatarme allí, conocía a muchos de sus miembros, y a su pastor. Yo había sido testigo del nacimiento de esta iglesia, había estado en reuniones donde se planificó su fundación, yo misma fui parte de sus inicios. Llegar a esta iglesia no produjo ningún trauma en nosotros. Era como estar en casa.

A diferencia de mis dos iglesias anteriores, que contaban con hermosos templos, mi iglesia nueva no contaba con un lugar propio de reunión, no había salones para clase, era todo muy raro para mí. Recuerdo que nos reuníamos en la sala de un cine, con excelente acústica, pero muy impersonal para mi gusto. Lo único que tenía la iglesia era un gran terreno, muy bien ubicado, donde se esperaba construir el templo. Esta vez, no me pude complacer con los espacios típicos, acogedores de un templo normal… ¿Qué más podía hacer? “Paciencia”, me pidió mi esposo.

Pero, nada de eso importaba… Esta iglesia era maravillosa, sus miembros eran tan amorosos, su pastor era un excelente predicador. ¿Qué más podía pedir? ¿Un templo? ¿Para qué? Los miembros de esta iglesia me acogieron como una más de ellos, en muy poco tiempo estaba yo trabajando a brazo partido en el ministerio discipular, y después en la Escuela Dominical. Fue una experiencia maravillosa. Era la primera vez que estaba en una iglesia yo sola, como una adulta, atrás quedó la sombra de mi madre, de mi familia. En esta iglesia podía desarrollarme plenamente, como cristiana, como maestra, como líder.

Esa iglesia es mi congregación actual… Allí tengo grandes hermanos y amigos. Esta iglesia me dio la oportunidad de ingresar al Instituto Bíblico de la ciudad, y luego me confió importantes ministerios, con absoluta autoridad. Mi vida espiritual creció con madurez y criterio. ¡Tengo tanto que agradecer a mi iglesia hoy!

La Biblia habla del gozo de asistir al templo del Señor… Sí, el mismo gozo que yo siento. Los salmos están llenos de la alegría de ir al encuentro de su Dios, en los atrios de Su morada… El salmista dice en el 27:4: “Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo”. Y yo pensando que yo era la única a la que le gustaba ir a la iglesia… El Salmo 122:1 dice: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa del Señor iremos”. Conozco mucha gente que se alegra de ser parte de una comunidad de fe buena, nutritiva, vital.

Hoy, ya hace meses que no asistimos a nuestra iglesia… Esta cuarentena nos lo impide de manera prudente… Pero la comunicación con nuestros hermanos no acaba, es diaria y seguida. Oramos unos por otros, nos llamamos, compartimos enseñanzas por WhatsApp y YouTube. Seguimos siendo los mismos, sólo que físicamente distanciados. Es que, una iglesia no es un templo. Es el cuerpo de Cristo. Hoy, más que nunca, Pablo no se equivoca.

Y tú, ¿asistes a alguna iglesia?

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

3 respuestas a «Yo me alegré…»

excelente recorrido nos diste cada paso que escribía mi mente viajaba porque recuerdo mi iglesia en Caracas también y es un recuerdo de mucha nostalgia porque en esa iglesia crecí y conocí grandes amigos y por supuesto crecí con el señor y me bautice a los 14 años.

Efectivamente francis hoy más que nunca entendemos el verdadero concepto de Iglesia, templo, y el cuerpo de Cristo.
Los templos nos permiten tener espacios donde podamos sentirnos en confección directa con el Espíritu Santo y así alabarlo, adorarlo, escucharlo, aprender, y compartir con otros miembros.
Hoy hay miembros que se reúnen virtualmente, reciben palabra por tv o zoom pero nunca nada de esto superará, el contacto directo con todos y cada uno de nuestros hermanos, solo me resta decir si te sientes solo, no dudes buscar de una iglesia donde tu aprendas de Dios y su Palabra y puedas participar de las buenas obras que allí se hacen a otros que las necesitan. Haz de tu iglesia el punto de reunión con el que quiere ser tu fiel y mejor amigo. JESUCRISTO!!!

Si, eso es la iglesia, aunque el concepto de iglesia no está supeditado a una estructura física en si, la iglesia de Cristo se forma en la reunión de sus miembros en cualquier lugar o espacio, El Señor dice en su palabra que donde hay dos, o más reunidos en su nombre, allí está el, pero es grato contar con un lugar físico, para que la iglesia de Cristo se reúna a escuchar su palabra explicada por el hombre de Dios, el cual recibe revelación a través del Espiritu Santo y estudio metódico de todo el consejo de Dios.

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