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Vulnerable

Las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente”. Hipócrates.

El 2019 fue el año en el que apareció el Covid-19. Pero en el 2014 nos atacó una enfermedad llamada Chikungunya, totalmente debilitante, con fiebres muy altas, dolor corporal profundo y cansancio general. Esta dolencia tenía la curiosa particularidad de sacar a flote cualquier problema crónico que la persona sufriera, estuviera consciente de ello o no. A mí me dio en octubre, y empezó por una hinchazón de mi talón de Aquiles, justo donde abrieron mis piernas para estirar los tendones de esa área, más de 40 años atrás. Comenzó con una molestia muy temprano en la mañana, y en la tarde de ese mismo día ya no podía caminar. A las 7 de la noche me cargó un amigo hasta la cama, con fiebre muy alta y los pies hinchados y adoloridos.

El Chikungunya sólo duraba unos pocos días, al final de los cuales ya la fiebre habría cedido, pero la debilidad aún monopolizaba gran parte de la vida. Después que recuperé el uso de mis pies, comenzó un dolor muy insistente en mi hombro derecho. No dormía, acostarme era un suplicio porque todo el peso del cuerpo parecía caer en ese hombro. No podía alzar el brazo y cargar peso era simplemente imposible. Un día, después de una semana de agonía, decido ir al traumatólogo acompañada por mi hermana Rosa. Ese día no me atendieron pues llegamos tarde a consulta. Si querías ser atendido debías llegar antes de las 5:30 am.

Llegué un lunes a las 5:00 a mi primera consulta. Mucha espera, mucho frío en el consultorio, que hacía que mi dolor de hombro se exacerbara. Primero pasé a ver un doctor que me hizo preguntas preliminares de rigor, luego pasé a rayos X para hacer placas de los hombros, y más espera aún. Finalmente, a las 2:00 pm pude ver al doctor, aquel que mi madre me había recomendado altamente. Ese señor era muy famoso en su especialidad y era un muy buen cristiano. Me recibió con las placas en la pantalla y mi historia clínica, recabada por aquel primer doctor que me vio como a las 9:00 am. Ese día el médico no me dijo mucho. Me mandó a hacer una resonancia magnética y a regresar con los resultados la semana siguiente.

Siguiente semana y ya la espera fue considerablemente más corta. El doctor leyó los resultados de la resonancia y sentenció, grave: “Este hombro requiere de operación, tienes una artrosis, además de una rotura en el manguito rotador”. Esas palabras sí que son debilitantes… Uno se siente completamente vulnerable. Mi cara debió ser un poema porque el traumatólogo inmediatamente me calmó: “Yo soy un excelente profesional, pero lo mejor de todo es que Cristo está conmigo, y sólo eso es garantía de éxito”. El color regresó a mi rostro… En cosa de unos días ya estaba operada, bien, en casa, a la espera de unos tres meses de fisioterapia horrorosa. ¡Bendito Chikungunya!

Yo no entiendo cómo es que hay personas que entran a un quirófano como si nada. A veces veo programas de televisión sobre cirujanos plásticos y me asombra todos los pacientes dispuestos a operarse para “corregir” su estética. Una intervención quirúrgica es algo serio, sólo la anestesia general merece todo el respeto del mundo. La vulnerabilidad que se siente en una mesa de operaciones es debilitante. Para los doctores es rutina, pero para uno no es más que una jurungadera interna muy atemorizante.

Hace dos semanas estuve en Maracay porque le hicieron una laparoscopia a Sandra, mi consuegra y gran amiga. Esas intervenciones son muy nobles porque no son tan invasivas como las de siempre, aquellas que te cortan, abren y cierran. Sin embargo, su molestia, aunque leve fue muy real. No es nada agradable pasar por eso.

El problema con las enfermedades es que exponen tu lado más débil, te recuerdan que tu paso por este mundo es pasajero. La Biblia habla de dolencias de todo tipo, y de personas que pasaron por enfermedades debilitantes y peligro de muerte. El rey Ezequías rogo a Dios por más vida ante su enfermedad. La suegra del apóstol Pedro fue curada por Jesús de una fiebre alta. Pablo sufría de algo que nunca mencionó específicamente, era un aguijón de la carne que hizo que la gracia de Dios en él creciera por encima de su debilidad. Naamán sufrió de una lepra perniciosa. Pedro y Juan curaron un cojo en la puerta llamada La Hermosa. Y muchos enfermos se acercaron a Jesús con la esperanza cierta de ser curados.

Ahora el Covid-19 hace estragos. Esta enfermedad, a diferencia del Chikungunya, sí que es mortal para muchos. Su sólo sospecha pone los pelos de punta a cualquiera. No es para menos… eso de no poder respirar libremente debe ser agobiante. Lo más increíble de todo es que, si bien los seres humanos discriminamos y hacemos acepción de personas, las enfermedades no miran a quien están afectando, sobre todo el Coronavirus. El mundo entero está en el mismo predicamento, y nadie está realmente a salvo de sus garras debilitantes.

Cada vez que yo o alguno de mis familiares se enferma, soy presa del temor. El miedo es algo normal para todos. El rey David habla de temor en mucho de sus salmos. Ese sentimiento paralizante puede ser causado por la duda, la amenaza de muerte, la vulnerabilidad causada por una situación agobiante. Durante mi recuperación y fisioterapia posterior a mi operación de hombro, muchas veces sentí temor de perder la movilidad completa de mi brazo. ¿Qué se puede hacer con la duda y el temor ante una enfermedad? El arma más poderosa y efectiva es la oración. Poner todo en manos del Señor tiene un efecto calmante, porque ya no eres tú quien carga con el peso de ese temor a la enfermedad.

Cuando alzo mi brazo con libertad y gracia, recuerdo los meses de dolor y me río aliviada. Mi hombro funciona perfectamente y realiza sin esfuerzo cada uno de los 12 movimientos que debe realizar. El temor del 2014 ya sólo es un recuerdo. Ahora se ciernen nuevos temores que me recuerdan que en la oración está la respuesta a la angustia. Los doctores siempre saben qué hacer, pero el temor sólo lo puede tratar el Señor, el Doctor por excelencia de nuestras almas.

¡Gracias Señor por tu alivio en la oración!

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

3 respuestas a «Vulnerable»

Amen….. así es….. cuando la angustia, el sentirme abrumada y vulnerable me atacan…. ir a nuestro Padre es el mejor y mayor consuelo posible….. solo en Él logro encontrar la paz, incluso cuando lo que causó todas esas emociones persiste. Gracias Francys

Que bueno y refrescante este punto y me acuerdo de coro oel himno : «Pongo mis ojos en Cristo tan lleno de gracia y amor……… es el escondedero perfecto. Un abrazote Francis. 🇻🇪😊🤗😘❤🇲🇽

Él siempre nos sana, si creemos. Sana nuestro cuerpo y corazones heridos. Su paz desconcertante nos sobrecoge cuando oramos. Él te bendiga, Francis!

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