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Ser madre

Todo lo que soy y espero ser, se lo debo a mi madre”. Abraham Lincoln

Hay algo con respecto a las madres que nunca ha dejado de sorprenderme, es esa capacidad infinita de darlo todo por sus hijos, pues ellas son dueñas de un amor que parece no tener límites. Incluso cuando ponen barreras, como cuando corrigen, castigan u orientan, un amor profundo parece conducir cada una de sus acciones. Y no, no estoy siendo sentimental o dramática. Esto es algo que he observado en mi propia madre.

Mamá no es una mujer muy cariñosa, suele más bien ser un poco fría y objetiva en sus relaciones. Siempre se ha jactado de no llorar por casi nada, como reconociendo que sus lagrimales están allí por defecto, pero no para ser usados indiscriminadamente. Cristina, mi madre, es una mujer de gran carácter, quien siempre llevó las riendas de su familia con un acertado sentido de propósito. Pero, no te confundas, ella es una mujer que ama entrañablemente a los suyos, para quienes está siempre disponible, de manera incondicional.

Las madres que conozco son sumamente desprendidas. Una navidad mamá me regaló una batería de ollas Rena Ware, de esas que son súper costosas y muy buenas, hermosas y resistentes, el sueño de cualquier ama de casa. Años después de ese regalo, mi madre decide hacer una pequeña cocina en un rincón de su amplio cuarto, como una kitchenette, pues. Entonces, llegó a mi casa y me preguntó si yo podía regalarle una ollita liviana, pequeña, perfecta para su cocinilla eléctrica de una hornilla. Yo no podía creerlo… “¿En serio me pides esa ollita?” “Sí, necesito una así, liviana.” ¡La mujer que me había regalado las mejores ollas del mercado me pedía una ollita insignificante! De más está decir que se la di, y un sartén y un montón de cosas más. Así son las madres. Dan más de lo que exigen.

En otra ocasión le pedí a mamá que cosiera unas sábanas para las tres camas de mi casa. Ella, ni corta ni perezosa, trajo su máquina de coser portátil, su costurero, su equipo de hilos y pasó una semana cose que cose, hasta dejarme tantos sets de sábanas que tengo ganas de montar una posada en mi casa. Fue la mejor semana que hemos pasado en mucho tiempo, entre hilos, tazas de té y cintas métricas. Las sábanas son perfectas, no se salen de sus esquinas. Yo estoy feliz con ellas.

Pero no sólo mamá es así, desprendida. Cuando mi hijo Juan Carlos estaba por mudarse a la Argentina, yo le ofrecí mi celular porque el mío era un poco mejor que el de él. Juan rechazó el ofrecimiento porque mi teléfono no tenía lector de huellas. Cada vez que les robaban el celular a Roger o a Juan, yo les dejaba el mío por meses hasta que pudieran adquirir otro. Tenía una amiga, soltera y sin hijos, que le parecía un horror este tipo de situaciones. Nunca lo vi como un abuso. Simplemente era una necesidad que yo podía suplir y que, además, estaba encantada de hacerlo.

Una vez le pregunté a mamá por qué era tan dadivosa con nosotros, sus hijos y nietos, y me dijo que ella consideraba que todo lo que tenía era para su familia. Y la verdad, ahora que lo pienso, yo soy así también. No hay nada que yo pueda negarles a mis hijos. Muchas veces se dice que la maternidad no viene con un manual de cómo hacer las cosas, ni cómo criar a los hijos, o qué hacer cuando se enferman, o se dejan llevar por las malas compañías. Pero si ese manual existiera, con seguridad diría que, una vez que eres madre, ya nada de lo que tienes te pertenece por completo.

Historias de madres ejemplares en la Biblia hay muchas, como la viuda de Sarepta que procuró alimentar a su hijo antes de morir, o Betsabé que abogó por su hijo Salomón para que éste llegara a ser rey… Pero ninguna de ellas me llega tanto como aquella madre sirofenicia que se acerca a Jesús porque su hija tiene demonios. Debió haber sido difícil para ella hacer tal petición al Señor. Ella sabía que podía ser rechazada, era mucha la enemistad que mediaba entre su pueblo y los hebreos. Pero, aun así, esta madre se olvida de todos los obstáculos por el bien de su hija. El maestro de Nazaret reconoció en ella una fe sin parangón. Ella sólo tenía sus esperanzas cifradas en ese hombre que tenía también un poder sin parangón.

María, la madre de Jesús, es un caso aparte. Esa chica aguantó tantas cosas extrañas… Pero lo horrible fue enfrentarse a la muerte de su hijo en la cruz, la peor de las muertes. Ninguna madre debería pasar por eso. Son los hijos los que deben llorar la muerte de sus madres, nunca lo contrario. María guardó muchas cosas en su corazón porque era mucho lo que debía reflexionar sobre ellas.

Ahora, hay unas cuantas madres no tan buenas también. Tal es el caso de aquella mamá que quiso cambiar a su bebé muerto por el bebé vivo de su compañera… Sólo Salomón podía zanjar tal desacuerdo. O aquella madre que manipuló a su hija para que ésta pidiera la cabeza de Juan El Bautista. O Atalía, esa malvada mujer que mató a todos sus hijos y nietos para mantener el reino en sus manos. Es que hay algunas mujeres a las que la maternidad como que no les luce.

Hoy Cristina y yo somos más que madre e hija, realmente ahora somos muy amigas. Siempre nos acompañamos una a la otra, no hay un proyecto de la una que la otra no adopte como suyo. Disfrutamos de un buen té, una buena película, un devocional compartido, un programa radial que disfrutamos a distancia. A veces peleamos por desacuerdos que luego ni recordamos. Muchas veces, debo reconocerlo, soy muy crítica con ella… y mi madre se deja, unas veces porque reconoce que tengo razón, otras porque está cansada y no le anima el debate. Pero, no importa, Cristina siempre está allí, conmigo, porque es que, la verdad, dejar de ser madre es sencillamente imposible.

¡Feliz Día de las Madres, mamá! Gracias por tanto…

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

3 respuestas a «Ser madre»

¡Me encanta ser madre!. Tienes toda la razón, cuando te conviertes en madre ya nada es tuyo y no por obligación sino por amor. Doy gracias a Dios por la madre que me dió, que dá hasta lo que no tiene por mi y por ser la nieta de tu mamá Cristina y de vez en cuando ir y robarte su amor un rato jajajaja te quiero Dios te bendiga! 😘

Te doy la razón, Francis….dejar de ser madre es imposible!… gracias, como siempre por tus escritos…y gracias a Cristina de Sánchez… también por tanto!

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