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Aspiraciones

Amo a quien quiere algo superior a él, aunque en el empeño sucumba”. F.W. Nitzsche

De niña yo quería ser muchas cosas. Hay un cuento que mamá siempre relata que ejemplifica esa búsqueda vocacional tan propia de los niños. Una vez anuncié que estaba pensando entre ser mujer policía o ser aeromoza, ¡imagínate! Mi madre se echó a reír ante tal reflexión. Creo que lo que me atraían eran los uniformes… Ahora, ¿te imaginas yo de policía? ¿Yo corriendo detrás de un delincuente, con un arma en mi mano? ¡Por Dios, pobre cuerpo policial, no habría durado ni una semana!

Lo de ser aeromoza era más comprensible. Mi hermana era azafata de Aeropostal, y llegó a trabajar en vuelos presidenciales. Matilde se veía tan hermosa con su uniforme, elegante e imponente. Yo quería ser como ella… Hoy en día, cada vez que viajo y paso por un aeropuerto me río de esa aspiración de niña. Viajar siempre me produce estrés y cansancio, siempre estoy agobiada con el peso de las maletas y nunca estoy en mi mejor momento, siempre estoy despeinada y sin maquillaje. ¿Cómo podría ser una aeromoza tan desaliñada? Y, además, con toda seguridad habría bañado a más de un pasajero con café o vino. No, definitivamente esa profesión tan glamorosa no era para mí.

Luego, un poco mayor ya, me planteé la posibilidad de ser un psicólogo. Me fascinaba todo lo que tuviera que ver con el ser humano, aún me apasionan esos temas… Pero, realmente no sé qué pasó con esa aspiración. Hoy, ¡hasta les tengo miedo a los terapeutas y psiquiatras! ¿Por qué? Pues, porque tienen todas las herramientas para jurungarte la vida, y siempre me he sentido vulnerable y expuesta ante ese tipo de profesionales.

En algún momento jugué con la idea de ser periodista. Me gustaba eso de escribir y dar mi opinión sobre muchas cosas. Me habría encantado cubrir la fuente de farándula, habría sido una verdadera sensación. Me apasiona todo lo que tenga que ver con el espectáculo, los actores, el cine y la televisión. Pero, cuando le dije a mi madre que quería estudiar Comunicación Social me dijo que nunca sería independiente, y rápidamente desistí. La verdad es que no sé por qué no insistí. Claramente, eso no era para mí.

Cuando estaba en 5to año de bachillerato, mi profesor de inglés me preguntó qué pensaba estudiar. No recuerdo qué le contesté, pero sí recuerdo su consejo. Él me dijo, “deberías estudiar idiomas, eres buena para eso”. Desde ese momento me empeñé en estudiar eso, Idiomas Modernos. A partir de esa conversación todos mis esfuerzos se decantaron hacia esa carrera, la enseñanza del idioma inglés y la literatura. Esa decisión fue muy acertada. Hoy en día soy muy buena docente, y la enseñanza siempre ha sido mi pasión y mi fortaleza.

Todo ser humano se plantea qué hacer con su vida. Los niños están en una búsqueda eterna de quién quieren llegar a ser, bien sea policía, maestro, bombero, astronauta, doctor, enfermero o científico (tal parece que el uniforme es un factor determinante). Y eso tiene que ver con un llamado, con una vocación. Estamos en este mundo con un propósito personal dado por Dios. Y la búsqueda de ese propósito es una necesidad humana que responde a una realidad ontológica del ser. “Quién soy” y “quién quiero llegar a ser” son enigmas que nos persiguen insistentemente, hasta que logramos descifrarlos. La formación y el talento tienen mucho que ver con todo esto.

Siempre he pensado que la formación y la educación son responsabilidad de cada individuo. Yo soy responsable del cumplimiento de mi vocación en la vida. Y sí, es cierto que el estado considera un deber el garantizar la educación a sus ciudadanos, y los padres deben proveer los recursos y las herramientas necesarias para que sus hijos se formen, pero, en definitiva, es la persona misma quien debe procurar la realización de sus aspiraciones.

La vocación tiene muchas aristas. La preparación vocacional permite un sostenimiento económico personal y familiar, definitivamente necesario. Pero la formación también permite que el individuo sea un aporte de valor a la sociedad en la que se desarrolla y vive, que redunda en un acertado sentido de propósito. Abraham Maslow ubicó la realización personal en el pináculo de su pirámide, estableciendo que esa realización es también una necesidad humana. Y no se equivocó. Dios nos hizo con un marcado sentido de propósito, que cuando se cumple supone grandes satisfacciones para la persona.

Creo que hay muchas maneras de alcanzar la formación, y muchas maneras de educarse. Ya lo dice la epistemología, existen variadas maneras de llegar al conocimiento y a la formación de criterio. Algunas personas consideran que la educación formal es el camino más seguro de formación, y sí, es cierto. Pero otras personas prefieren aprender por otros derroteros, más directos, más prácticos, menos teóricos. Hay oficios que requieren de talento, de pericia, de dones que se nutren del trabajo constante en el campo mismo… Los plomeros, los electricistas, los albañiles son profesionales que aprenden haciendo, probando, trabajando duro hasta hacerse de una experiencia valiosa. Hoy en día son estos oficios los que reciben las mejores remuneraciones. Todos tenemos algo que reparar en esta Venezuela en la que nos ha tocado vivir.

En la antigüedad la gente solía hacerse y formarse en algún oficio, aunque tuviera la oportunidad de ir a la universidad. El apóstol Pablo era una especie de abogado, o doctor de la ley. Sin embargo, como tantas otras personas, él tenía el oficio de hacer tiendas, y de eso vivió durante sus muchos años de misionero. David era el pastor de ovejas de su padre, y claro, después llegó a ser un gran rey y estadista. Jesús llegó a ser un artesano y carpintero, y también cumplió con su propósito salvífico. Algunos de sus discípulos eran pescadores, pero también trabajaron como apóstoles de la iglesia en el primer siglo. Todos cumplieron y fueron responsables con el ejercicio de su vocación. Ninguno desmereció su oficio cuando encontraron derroteros más altos.

Mi padre era prensista, mi esposo también, pues aprendió el oficio de su suegro. Hoy, también cría sus cabras, labor que le apasiona mucho. Mi hijo mayor es ingeniero, pero sabe arreglar computadoras, y de eso trabajó siendo un jovencito. Mi hijo menor es artista gráfico, pero la mecánica se le da maravillosamente bien, y la disfruta al máximo. Mi madre es trabajadora social, pero le encanta vender literatura cristiana. Mi cuñada es comunicadora social, pero le encanta coser y trabajar la pastelería. Mi hermano es ingeniero mecánico y le apasionan las bicicletas.

A mí aún me apasionan los idiomas, la literatura y la enseñanza. Las labores manuales no se me dan, pero mi formación universitaria me ha permitido servir al Señor en el campo bíblico, como consultor en la traducción y la enseñanza bíblica. Ahora cocino a diario y escribo este blog. Dios me ha dado talentos, y un propósito, y he sido muy responsable en su desarrollo y ejercicio. Sí, Dios es bueno.

Proverbios 22:6 dice que se debe instruir al niño en su camino para que nunca se aparte de él. Ese camino es precisamente el propósito. Cada persona tiene una vocación, un propósito. Cumplir con ese llamado es lo mejor que le puede suceder a una persona. Creo que allí está la felicidad.

¿Cuáles han sido tus aspiraciones?

Por Francis Sanchez

Hola, soy Francis. Me gusta escribir y creo que lo hago bien. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre temas biblicos, ya que trabajo como voluntaria Sociedades Bíblicas Unidas de Venezuela.

Estoy casada y tengo dos hijos adultos. Mi hijo mayor siempre me ha impulsado a escribir y publicar. De hecho, este blog es su regalo de cumpleanos para mi

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